La configuración de nuestro entorno está formada por la subjetividad de espejismos que no son más que ilusiones de nuestra psiquis. Estas ilusiones se presentan en formas constantes y reemplazan en ocasiones la verdadera esencia del encuentro con la deidad. Pues bien, es claro, nuestra sociedad se convierte en un Ser Supremo que ordena tipos de comportamientos que se identifican con ésta y se amoldan a ésta, creando así un ser perdido en su esencia, pero identificado con la masa vulgar que ha generado una estado ilusorio. Es así, como de forma constante intentamos alcanzar espejos que representan objetos que se alejan de la esencia pero que nuestros sentidos absorben como formas de una pseudo-realidad. Es como concentrarnos en alcanzar la luna reflejada en el mar y perder de vista de aquella que se encuentra por sobre nosotros, el camino a la iluminación esta en alcanzar la verdadera de las lunas.

Pero bien, ¿cómo saber cuál es la verdadera luna?

….“No es de dudar que exista una perfecta identidad entre el microcosmos del filósofo hermético y el macrocosmos de Dios esta es la razón por la que los Adeptos afirman que existe un espejo en el cual se ve todo el mundo – est est spéculum in quo totus Mundus videtur “ – en el cual el artista puede examinar toda la Naturaleza al descubierto”…

Este espejo es parte de nuestras herramientas herméticas y nos permite apreciar la naturaleza como un medio global que indica las coordenadas perfectas de la Gran Obra. Es la réplica del espejo de la ilusión, esta vez concentrado en la máxima identidad del ser que lleva a retomar el camino de regreso. Es como aquel plano del tesoro, que el Gran Arquitecto nos deja para nuestra reflexión y que viene inserto en lo más profundo del ser.

Es indudable que sin esta herramienta de comprensión filosófica y esotérica se nos vuelve muy complejo el encontrar la identidad del todo. Es decir, es una de las tantas claves o sellos que debemos abrir para retomar nuestra identidad.

La verdad que la Unidad penetra en todos los números y es pues claro, que esto se convierte en un acertijo para el entorno profano que insiste una y otra vez, en que este número representa tan sólo la más mínima expresión matemática.

Pero Cuan equivocados se encuentran aquellos individuos que tan sólo observan la sencilla interpretación de un dibujo al cual le entregan un significado relacionado con una cantidad numérica, olvidando así, el flujo de gnosis que emerge ante la compresión hermética del adepto masónico. Es la observación de una Unidad por sentidos humanos que carecen de las cualidades filosóficas y herméticas para una interpretación adecuada.

El adepto no obstante, se emociona al observar que la maravilla de la creación se encuentra en algo muy sencillo, pero que se transforma en un forjado mensaje encriptado. Es la observación de un “no observador” que entiende que sus ojos no pueden oír, que sus oídos no pueden ver y que su olfato no puede pronunciar palabras.

Como habíamos adelantado la unidad se encuentra en todos los números y que hermoso se convierte aquella reflexión, si pensamos en aquel Azoe cabalístico que nos indica la representación del principio y del fin, lo que a su vez se ha indicado como símbolo del mercurio alquímico.

Este Mercurio alquímico participa al igual que la unidad en todas las cualidades que se aprecian en nuestro plano, es así, como en nuestro interior (cuerpo, alma y espíritu) llevamos parte de esa esencia simbólica que nos han entregado nuestros grandes iluminados. Es como el mensaje entregado por sus padres al príncipe, el cual resguarda como su más preciado tesoro.
De esta manera, la unidad del todo penetra en la totalidad de las cosas que nos rodean y es por aquel encuentro de esa potencial manifestación inicial, por la cual nos vemos con el permiso de realizar operaciones mágicas y esquemas rituales que nos acerquen a nuestro creador.

Reflexionemos un momento sobre la construcción del símbolo alquímico del mercurio.
En su parte superior podemos observar una media luna, esquema claro de la feminidad del símbolo y representación además de un recipiente que es capaz de absorber todas las transformaciones que puedan ser realizadas en este plano. A continuación podemos observar un círculo representación del ourobourus serpiente que de forma infinita se come la cola. Y bajo el símbolo se encuentra una cruz que indica los cuatro puntos cardinales, pero que sin embargo para algunos autores es la unión de dos escuadras por sus vértices, instigando a la construcción de un símbolo que aprecia al igual la asociación de los contrarios.

No es coincidencia que el mercurio es representación de la unidad y tampoco es coincidencia que las perlas no son entregadas a los cerdos. Es así como la conformación unitaria del mercurio lleva en su esencia la idea de la matriz creadora de vida que forma parte de los ciclos del entorno y que conllevan a la manifestación de formas proclives a su propia muerte y resurrección en contextos de índoles superior.

La conformación del número es la indivisibilidad ante un principio único que despierta en sí, una incomprensión para los sentidos formados en nuestro entorno. Es así, como el encuentro con el origen es ajeno a nuestro estado, pero posible de realizar por medio de ejercicios que lleven a estados de sub-consciencia elevados a nuestras formas corporales.

El número uno es la medida de todos y de cada uno de los números; los contiene a todos y también es capaz de multiplicarse sin perder su esencia, ya que siempre vuelve al mismo lugar. Su indivisibilidad es imposible ya que su constructo carece de partes ya que no existe nada antes del Uno, ni detrás del Uno.

Ahora bien, en la lógica de la matemáticas profanas la esencia creada se ha manipulado, es decir, se ha generado una especie de karma colectivo que identifica las cantidades superiores con formas de éxito no sólo material, sino que también espiritual. Es así como la concepción del infinito se convierte en un hecho a semejable al uno debido a su incomprensión, sin embargo, el infinito se encuentra en expansión, lo cual provoca una nueva ilusión que debemos acabar así como los arcángeles los hacen con sus serpientes y dragones.
Es así y como antes ya hemos manifestado la Unidad es el principio y fin de todas las cosas.
El mago eleva una de sus manos al cielo y baja la otra a la tierra pensando que sobre él se encuentra lo que Levi llama inmensidad y más abajo más inmensidad, teniendo la conciencia tacita de que su existencia como mago, no escapa del todo, sino que más bien forma parte indiscutible de su esencia.

Esta esencia es una e infinita y su género depende de sucesiones alternadas de la humanidad. Para Manu es la representación del despertar y del dormir.

El iniciado es capaz de ver luz donde los ojos poco entrenados ven tan sólo oscuridad, ya que el conocimiento reside en cabezas repletas de pensamientos de otros hombres, pero la Sabiduría solo reside en las mentes atentas consigo misma.

RIVERA