¿Cuántas veces hemos escuchado la frase conócete a ti mismo? ¿Qué significado encierran estas palabras que se han repetido una y otra vez en la historia de la humanidad? ¿Cómo podemos aprehenderla?

Se dice que la frase “conócete a ti mismo” apareció por primera vez  en la puerta del templo de Apolo[1] en Delfos, Grecia, cuya construcción data del siglo IV a.c. Apolo. Dentro del templo de Delfos había una piedra llamada omphalos, que representaba el centro del ser humano y también el centro del mundo. En aquellos tiempos, los hombres asistían al templo de Apolo para consultarle a la pitonisa lo que les depararía el destino.

Posteriormente la frase fue adoptada por distintos filósofos, entre los que cabe nombrar Pitágoras y Sócrates, los cuales la emplearon como uno de los principios de sus enseñanzas.

Pitagóras, por ejemplo, usaba la premisa “Conócete a ti mismo y conocerás el universo de los dioses”, siendo estas palabras profundizadas especialmente en el tercer grado dentro de su escuela pitagórica[2].

Para Sócrates, la acción de conocerse a si mismo permitía cuidar de nosotros mismos, cuidar a nuestra alma, llegar a tener autocontrol, ya que es el alma la que controla nuestro cuerpo. Postulaba que el yo real del hombre debía gobernar en nosotros.

Como todos sabemos la “filosofía”, el amor a la sabiduría, posee en sí tantos elementos exótericos como esotéricos. Lo exotérico es posible encontrarlo en muchas obras filosóficas que tenemos a nuestro alcance, pero lo esotérico, es algo de más difícil acceso para el común de las personas. Ambos elementos sólo son esbozos de algo superior existente, que va más allá del conocimiento puramente racional.  Así podemos afirmar que existe una sabiduría superior, dirigida al conocimiento del alma y del espíritu, siendo posible de llegar a ella a través de la contemplación interior.

DESARROLLO

En el grado de Compañero, una de las preguntas que debemos respondernos es ¿QUIENES SOMOS?

Mujeres y hombres estamos formados por cuerpo, alma y espíritu. Tenemos una facultad racional o inteligencia y una parte instintiva o emocional, pero también poseemos conciencia y el denominado yo.

La conciencia es la luz interior que nos ilumina, significa “percibir”, “darse cuenta”, “adquirir conocimiento” de algo. “Es el fulcro interior y el centro de gravitación indistintamente de todas las manifestaciones de nuestra personalidad”[3]. Con ella podemos juzgar, querer, dirigir y elegir.

El yo, contiene las experiencias de vida, ideas, deseos, memoria, recuerdos, está directamente relacionado con nuestra personalidad y con la forma en que nos relacionamos con los demás. Desde pequeños, en nuestra socialización, vamos acumulando experiencia y poco a poco, se forma nuestro yo. Descubrimos que somos seres imperfectos con pasiones, vicios, impurezas.

El yo o ego nos impulsa a la acción, en muchas ocasiones con un carácter negativo y nos cuesta darnos cuenta que habitualmente somos dominados por él.

Pero, existe dentro de cada uno de nosotros un algo que nos une con el Gran Arquitecto del Universo, con esa esencia divina que encontramos en las distintas formas existentes de Vida.

Interesante es considerar la explicación del origen del alma de Gershom Scholem acerca del “ Zohar”, así podemos leer: “En el momento en que el Ser Supremo, estaba a punto de crear el mundo, decidió formar todas las almas que a su debido tiempo fueran dispensadas para los hijos de los hombres y cada alma fue formada exactamente para el cuerpo que estaba destinada a vigilar… y sin embargo el alma replicaba Señor del mundo, yo estoy alegre de permanecer en este sitio y no tengo deseo alguno de partir con rumbo a otro donde estaré en esclavitud y no permaneceré inmaculada…”. De cierta manera podemos deducir que el alma nos permite tener una conexión directa con el Creador, pero esta alma al ser parte de nosotros contiene no sólo lo bueno sino también lo malo.

Inmediatamente nos surge la interrogante ¿Cómo lograr subir uno o más peldaños de la gran escalera de la Vida y no hacer que nuestro paso sea igual que el de muchos mortales?

Cobra sentido el trabajo en nosotros mismos. Mediante la conducción hacia ese estado interior, el sí mismo, se puede llegar a aquel silencio mágico, donde se encuentra el conocimiento real, que está por encima de la conciencia racional, ya que no puede lograrse mediante la razón. Este proceso es totalmente personal, ya que de otra manera no podría lograrse.

Si hacemos alusión a uno de los Principios Herméticos “como es arriba, es abajo; como abajo, es arriba”, veremos la similitud existente entre el hombre (microcosmos) y Universo (macrocosmos). “La piel  representa el firmamento que se extiende por doquier y cubre todas la cosas, al igual que un vestido. La carne nos recuerda el lado malo del Universo…las venas simbolizan el carro celeste, las fuerzas que existen en el interior…aunque todo esto no es más que un vestido; puesto que en el interior reside el misterio del hombre celeste. Así como el hombre terrestre, el Adán celeste es interior, porque todo ocurre abajo como ocurre arriba…”[4]

Entonces para conocer aquella divinidad que vive dentro de nosotros, tenemos que adentrarnos en nosotros mismos. Sólo llegando al propio centro, a la esencia íntima, a ese único principio, se puede llegar a comprender las cosas, “la totalidad de la existencia en la unidad de su propia esencia”.

“Cuando el hombre se conoce a sí mismo en su esencia profunda, es decir, en el centro de su ser, es cuando conoce a su Señor. Y conociendo a su Señor, conoce al mismo tiempo todas las cosas, que vienen de Él y a Él retornan. Conoce todas las cosas en la suprema unidad del Principio divino, fuera del cual, según la sentencia de Mohyiddin ibn Arabí, “no hay absolutamente nada que exista”, pues nada puede haber fuera del Infinito[5].

CONCLUSIONES

La tarea que se nos presenta no es simple, debemos ser capaces de movilizar nuestra voluntad, y dirigir nuestros esfuerzos hacia el trabajo, con la esperanza de des-cubrir al Creador. Sin duda, también es necesaria la fe, la que siempre está en posibilidad de crecer aún más en cada uno de nosotros.

Se prueba una vez más que la razón pasa a segundo plano y es en nuestro corazón donde resurge aquel elemento significativo de unión con el Uno, tarea que es apoyada siempre por nuestra conciencia interior.

Pienso que el conocerse a si mismo se transforma en una importante armadura para combatir nuestro ego o yo, el que está constantemente presente y es nuestra sombra. El odio, el orgullo, la envidia, entre otros, son sentimientos que relucen a cada instante, pero caben dentro de lo terrenal y no del plano espiritual. Por tanto, nuestra conexión con lo Superior, nos permitiría quebrar esos esquemas creados por nosotros mismos.

S:.F:.U:.

Escrito por HH.: anonimo


[1] Apolo es conocido como el Dios de la Luz y el Sol, de los sueños y las profecías, de la claridad y la belleza. Es la fuente desde donde brota todo conocimiento.

[2] Cabe señalar que la escuela pitagórica tenía cuatro grados: 1er grado (Preparación), 2do grado (Purificación), 3ergrado (Perfección) y 4to grado (Epifanía del universo o vista desde las alturas).

[3] Aldo Lavagnini “Manual del Compañero”

[4] La Kabbala o La Filosofía Religiosa de los Hebreos. A. Franck

[5] René Guenón.