La creación universal es una obra armónica que guarda en su interior la esencia de los deseos más puros de un artífice, el que basado en su imaginación ha logrado plasmar en nuestro plano una serie de manifestaciones que guardan ciertos patrones en común.

La formula es única y precisa y se conoce como  vibración.

Todo Vibra nos indica nuestro Maestro Hermes Trismegisto, y las frecuencias de estas vibraciones son indicadas por ciertos patrones que conforman a los seres de nuestro plano, es decir, cada uno de nosotros poseemos un esquema vibracional determinado.

Este esquema nos da a la idea de que al presionar cierto punto, podríamos estimular hasta los cuerpos más estériles[1] del universo a estados superiores de conciencia. El desafío se convierte en el aprender a presionar las teclas claves de nuestro instrumento intangible, para provocar los efectos deseados. Es así, como podríamos indicar que los instrumentos en reposo no vibran de forma activa a nuestros sentidos -a pesar de tener su campo vibracional definido- y se vuelve necesario un ejecutante que sea capaz de observar en una hoja blanca, la hermosa melodía que se encuentra oculta a los sentidos profanos.

Si cerramos nuestros ojos un instante, nuestro subconsciente es capaz de apreciar ciertas pautas constantes que existen en nuestro entorno y que ordenadas adecuadamente en base a nuestra imaginación producen efectos en  ambos planos. Es de esta forma, como la creación es un estado de quietud –aunque figure la idea como una paradoja-, el cual mediante algunos soplos divinos es capaz de procrear.

La idea es maravillosa, debido a que de inmediato mi imaginación se sumerge en la idea visible de un Creador frente a una hoja en blanco. Este Creador posee en su imaginación algo que ningún lenguaje sería capaz de reproducir, no obstante, su dedos son capaces presionar los puntos exactos de las frecuencias que existen en aquellas hojas, forjando así la melodía universal de la creación.

Es así, como el Creador se convierte en una equivalencia pura de deseos diáfanos que restringen de inmediato una idea dual de dicho ser, incrementando un axioma natural en su esencia creadora que podríamos definir como un “perpetuo gran aliento”[2] que despierta al Cosmos forzando así las fuerzas primordiales de la vibración.

Son estas vibraciones o golpes en el aire, con los cuales el Arquitecto ha trabajado en el principio arqueo métrico, en donde las zonas frecuenciales de colores, de notas y de modos musicales, han sido la materia prima para la morfología de nuestros palabras que nos permitirán en base a nuestra gnosis pasar del Mundo de la Gloria a los Cielos Astrales concordando con nuestra bases cosmológicas y precedentes a los ángeles y demonios.

Pues bien, de esta manera, podemos argumentar que nuestra existencia no es tal como la pensamos, sino que más bien se enfrasca en una Filosofía de la Inconsciencia de la cual provenimos y en la cual existimos. Nuestro quehacer activo nos indica que muchos de nuestros campos de vibración se encuentran en constante movimiento, siendo lo anterior producto de una causa desconocida para nuestros sentidos.

Este esquema rítmico –entendiendo con esto, que ritmo y vibración trabajan en conjunto- rige a las formas estructuradas de la física universal como también lo hace Péndulo de Foucault el que  trata de demostrar el incansable movimiento de las formas materiales.

Es aquí, donde el número se convierte en la interpretación de la formas vibracionales que han sido descubiertas por el Espíritu Humano a través de la experiencia y de la observación de los aspectos vivos de la naturaleza, ya que es en esta y por esta donde figuran los secretos formativos de nuestra existencia. El número es la combinación armónica de las leyes universales y la música más allá del verbo es la encargada de organizar y reproducir las fuerzas cósmicas de nuestro plano, aspecto que nos indica la íntima y directa relación que ha de existir entre notas, letras y números.

Algunos esotéricos han de mencionar que la música se podría dividir en siete vibraciones, las que se han de representar por los siete primeros dígitos numéricos, los que son un fiel reflejo de la frecuencia en que se suceden las ondulaciones rítmicas en el espacio y en un periodo determinado de tiempo. De forma tal, que al interferir en estos fenómenos rítmicos del universo podríamos predecir y a la vez experimentar acontecimientos equivalentes a las vibraciones universales. La organización de nuestro plano ha sido llevada a cabo por esta forma, es decir, por una escalada de seis notas activas de creación y una de reposo, que es representado por los siete días de la creación. El Arquitecto concibe para aquello seis círculos que son representaciones de pensamientos infinitos que llevan a potenciar el templo universal y particular. El séptimo círculo anuncia la unión del hombre con su Creador forjando así el primer plano existencial.

Las vibraciones son constantes, no obstante, su división en octavas desiguales generan una forma natural escalonada, en donde el octavo escalón es la repetición del primario, pero con el doble de vibraciones, es decir, se genera una trascendencia espiritual vertical que entrega una única constitución, pero que conlleva en sí, polaridades diferentes en el ámbito de su frecuencia al momento de golpear el aire.

Al igual que cualquiera de nuestros pensamientos, visiones, olores y audiciones, existe un plano de trascendencia que es invisible a los ya mencionados sentidos, pero que no por ello deja de existir. Es decir, parte de cada nota musical conlleva en sí una asonoridad, en otras palabras, notas mudas que no percibimos pero que afectan constantemente nuestros estados anímicos ya que encuentran sus equivalentes en nuestros cuerpos como cajas de resonancias. En palabras más simples, nuestras frecuencias mudas convergen con las frecuencias mudas de la armonía, generando así un estado vibracional que en ocasiones es imperceptible a nuestros sentidos.

Es así, como el Gran Maestro fascina con su Obra creada por medio de los mismos siete círculos vibracionales que ha transmitido en un estricto secreto a sus discípulos como una melodía divina que respeta el orden natural de las cosas y alejando cualquier indicio de caos en su formación estructural. De esta forma, es cómo podemos apreciar el flujo circular de cada Gran Obra Musical eliminado el concepto lineal de su esencia. Me explico; cada Obra comienza con una determinada combinación de tonos, los cuales en su justa medida deben ser respetados en el transcurso de la composición maestra, generando así un regreso a las notas iníciales de la Obra al momento de que esta culmine. El comprender este sentido circular y en especial la ley de la Octava musical, nos ayuda a encontrar las múltiples explicaciones  en nuestro quehacer y en nuestro reflexionar.

Como hemos advertido la formación de la octava se basa en intervalos que son irregulares en su composición, es decir, no son iguales. Estas irregularidades se deben a los semitonos que acompañan a las notas madres, es decir, la nota Do lleva consigo dos semitonos, la Nota Re lleva consigo dos semitonos, y así consecutivamente. El hecho de la irregularidad se centran en los intervalos de notas Mi – Fa y SI – Do, las que son acompañadas tan sólo por un semitono, lo anterior debido a que las frecuencias o vibraciones del aire no aumentan de forma uniforme. Es así, como el traspaso o el cambio de Mi – Fa genera una desviación en el camino que sigue la escala, forzando a está a interrumpir su camino de línea recta, para convertirse en el mencionado flujo circular inserto en la totalidad de los eventos naturales que nos rodean.

Estas desviaciones de las fuerzas investigadas, nos indica la eterna vibración de los elementos que componen el Universo, y la idea del eterno cambio de las cosas, forjando la máxima de que nada de nuestro entorno permanece inmóvil o igual, sino que inevitablemente sube, desciende, se refuerza o se debilita, dependiendo de las líneas de octavas que existen en su composición. Lo anterior, es dificultoso de comprender para un entorno existencial rodeado de esquemas superficiales en su composición armónica, forjando la idea de eternas creaciones proclives de un mundo inferior compuesto por seres con polaridad negativa y de los cuales el hombre ha asimilado sus movimientos.

La potencia de la música sumerge a las almas y formas del Universo en un esquema superior e invisible de conciencia, es como un paso directo a la luz, la cual se refleja en cada una de los modos musicales que perciben nuestros sentidos, pero que no obstante en ocasiones no son capaces de interpretar nuestros sensores. El régimen de estas fuerzas puede ser utilizadas como un vehículo hacia el Eter forjando ciclos ondulatorios ya demostrados y que llevan a parte del alma a un proceso astral alejado de su razonamiento vulgar y profano.

Es así como la música crea una neutralización de nuestra psiquis vulgar que sobrepasa la vida mortal de un ser vivo y de la cual el hombre en su estado actual es incapaz de alcanzar por medios habituales debido a su caída del paraíso.

Es menester mencionar, que las octavas musicales no entregan un punto de reflexión en materias de ascensión o descensión, ya que nos indican que no existe desarrollo armónico y menos la creación melódica mientras algo se mantenga en un mismo nivel. De esta forma, se convierte en una condición cósmica para la acción, el trabajo constante en distintos planos de la creación, ya que la no comprensión de dicho principio genera estados ilusorios de existencia, es decir, nos generan visiones traviesas que convergen con nuestros esquemas de percepción.

Es a mi gusto que la aprehensión de la música y por ende la distinción de las octavas musicales se encuentra en cada proceso emitido a nuestro alrededor, como péndulos constantes que pasan inadvertidos y que representan la majestuosidad de la creación basada en una obra armónica y musical. Es de esta manera, que la comprensión de la música como parte del quiadrivium que quiere decir los cuatro caminos, forma parte de una escuela mistérica que al igual que otras disciplinas posee la función de resguardar un secreto basado en la formación musical.

Esta conexión con la música es una relación directa entre los misterios menores y mayores de la existencia, de forma tal, que su alcance se basa en la ya dicha regulación de los polos hacia un centro único, es decir, reunir lo disperso y promover su regreso hacia las tareas habituales y que mejor sabe realizar. Profundizando en este elemento, debemos aceptar que muchas de nuestras actitudes se convierten en elementos innecesarios y de esta forma poco naturales, es decir, no efectúan la labor para la cual fueron creados. Es así, como provocamos en nosotros mismos, malos funcionamientos de estos círculos concéntricos, instando a nuestro cuerpo físico a la reiterada caída hacia los cimientes del abismo infernal. Son estos hábitos, como los cambios de humor reiterado o la poca capacidad de aceptar visiones distintas a la nuestra, las que provocan la pérdida de energía mencionada debido a acciones inútiles que quebrantan en nosotros crisis dolorosas.

El equilibrio de estos centros superiores e inferiores se basa en la economía de la energía de nuestro organismo, en donde la música y el conocimiento de ésta generan un paso primordial, que se basa en la comprensión de la Ley de Gravedad Hermetica, la cual constituye una genial importancia para la Construcción Individual y Universal del Arte Real. Lo trascendente para un CM.: es la identificación de los lazos invisibles de la armonía, que unen a la música y a la astronomía para la generación de Centros de Poder y el dominio de la atracción material. Lo anterior, potencia al CM.: hacia los caminos de la M.: basado en la Suprema Realidad de la Gracia Divina de la Filosofía Perenne.

Es curioso como en nuestros días las leyes que determinan la retardación o desviación de la dirección de las vibraciones se encuentren apartadas del estudio musical, siendo que constituyen la formación universal que ha sido legada al hombre por su Creador. Las modernas escuelas de música se concentran en la potenciación de las habilidades particulares del alumno, instando a éste a la generación de ejercicios mecánicos de interpretación musical y olvidando la composición sagrada de cada vibración interpretada.

Pues bien, la Música potencia el alma y cada uno de los componentes del cuerpo material del hombre, instando a éste a un acercamiento con la forma que es utilizada por el Creador para la generación de cada una de las Obras que nos rodean, pero teniendo cuidado con el concepto de prevaricación de la Obra particular.

Finalicemos nuestra Obra con una Frase de Arthur Schopenhauer (1788 – 1860)

“En la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo no es sino música hecha realidad”.


[1] De acuerdo a los esquemas herméticos, es necesario recalcar que todo vibra, independiente de que nuestros sentidos no lo noten, de modo, que en muchas ocasiones indicaremos que es nuestra percepción la que no indaga en estas vibraciones debido a sus defectos primarios de formación física.

[2] Extraído de Cosmogenesis de Madame Blavatski.